Por amor a la danza: Gloria Castro & Mauricio Doménici.

By Posted in - Artes Plásticas & Ciudad & Danza & Literatura & Teatro & Zona C - Centro Histórico & Zona C - Granada & Zona C - Lido, Santa Isabel, Camino Real & Zona C - Oeste & Zona C - San Antonio & Zona C - San Fernando & Zona C - Sur & Zona C Norte on noviembre 15th, 2016

gloriamauricio-jhoned-paginawebPor Daniela Sánchez Gutiérrez (*)

Quién no conoce a la maestra Gloria Castro en Cali, es porque tampoco conoce el Festival Internacional de Ballet que se realiza en la ciudad desde hace 10 años.

Esta mujer, caleña por excelencia, lo ha arriesgado todo por la educación artística. El Instituto Colombiano de Ballet Clásico (Incolballet) fue su mayor logro y su fuerza a la hora de no tirar la toalla. Estos diez años de logros consecutivos en el festival le han dado la distinción a nivel internacional como la mujer que más ha contribuido al desarrollo de las artes clásicas en Colombia. Ahora, junto a  su esposo Mauricio Doménici quieren embarcarse en un nuevo proyecto dedicado a la formación artística de los más grandes y experimentados: los maestros.

La foto de Gloria aparece, cada año, en las primeras páginas de los medios culturales del país. Ha realizado todos los esfuerzos, posibles e imposibles, para mantener vivo el Festival Internacional de Ballet, en una Cali de cultura populista y devota a la salsa. Le han sobrado razones durante todos estos años para desistir y para preguntarse si el destino que había escogido a regañadientes de su madre, iba a ser el camino que la llevaría directo al barranco.

A esta dama de la cultura le han perseguido los reconocimientos, pero también los presagios. Ha temido ser la heredera del triste destino que acompañó hasta sus últimos días al maestro Antonio María Valencia, quien fue, en sus años mozos, el fundador del reconocido Conservatorio de Música del Instituto de Bellas Artes, y exiliado de su obra de arte por los políticos incultos de la época.

Esos miedos se han ido disipando casi que por completo. Aunque reconoce que vivir de las artes y del presupuesto público son como caminar sobre una cuerda floja, sabe que no podría dedicarse a cosa distinta. Descubrió que más que una bailarina de ballet, era una maestra. Su vocación, en medio de los saltos y los giros, se convirtió, dentro del gremio cultural, en su secreto a voces.

En esos tiempos, Mauricio Doménici era un hombre de letras dedicado al teatro. Su labor como director teatral del grupo El Globo lo acercó a la bohemia, pero esta no lo alcanzó a rozar. No le gusta la bebida, ni las parrandas; prefiere caminar por las calles de Praga, en Italia, acompañado de Gloria, mientras llevan el hilo de una buena charla.

El origen de Mauricio se remontana la Segunda Guerra Mundial, cuando su padre, Francesco Doménici, llegó a Colombia huyendo de las hostilidades y se enamoró de su madre. Mauricio dice preferir la comida italiana porque le recuerdan el olor de las tardes cuando su padre cocinaba. Nació y se crió en Cali y nunca se interesó por rescatar esa raíz italiana.

Egresado de la Universidad Santiago de Cali en literatura y apasionado del teatro; conoció al maestro de maestros Enrique Buenaventura y se enorgullece de decirlo porque el haber participado un día de su método de creación colectiva fue una verdadera lección en artes escénicas. Curiosamente, es por Enrique que Mauricio, un  hombre alérgico al matrimonio, le da el sí a Gloria Castro.

Claras convicciones

-“Yo sabía desde muy pequeña que lo único que quería hacer en mi vida era danzar y así lo hice”, afirma Gloria Castro.

– “Yo le le he dicho a Gloria que ella ha podido hacer todo lo que ha hecho porque desde el principio tuvo muy claro lo que quería hacer; yo en cambio no lo sabía. Yo me había formado en literatura en la Universidad Santiago de Cali y luego realicé una maestría en la Universidad del Valle en literatura colombiana. Siempre he estado danzando alrededor de la literatura. El teatro me lo encontré en el camino y lo ejercí sin ningún estudio porque en esa época no existían colegios de formación teatral” recalca Doménici.

A pesar del convencimiento propio, otra perspectiva tenían sus familiares con respecto a los caminos del arte

– “Para mi familia ser artista era muy mala idea. Era morirse de hambre. Mi madre decía que uno tocando guitarra se volvía chicharrón de toda cazuela”, dice Mauricio mientras admite que es verdad.

– “Mi mamá decía: ‘No, pues, me saqué la lotería’ “, revela Gloria en medio de las carcajadas.

Y Gloria cambió el rumbo

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Imagen archivo particular de Gloria Castro y Mauricio Doménici.

“La Escuela Departamental de Danza quedaba en el Conservatorio Antonio María Valencia, donde hoy está el Instituto de Bellas Artes. Cuando yo decido quedarme le propongo al director de Bellas Artes, convertir la escuela en un instituto profesional de bailarines. Abrimos puertas en febrero de 1970.

En ese entonces los directores de Bellas Artes sí eran artistas y no políticos como hoy en día. Él podía entender mejor la visión de nosotros,  los artistas, porque también era uno, era primer violín en la Orquesta Sinfónica.

Esa decisión implicaba que no todas las niñas podían estar en la Escuela, había que exigir que se comenzara a los 9  años y no como sucedía en esos días que había niñas, en primer año de ballet,  con 20 años. Era cambiar el modelo por completo porque había que hacer selección. Fue un problema terrible porque habían 200 niñas. Aparte se tenían que intensificar las horas a la semana; pasar de tres días a la semana a todos los días. Él rector aceptó y se casi nos decapitan.

En la Escuela Departamental de Danza trabajé ocho años. En la época de los años 70 todo estaba muy politizado y eso ayudó a que se formará una huelga fuertísima en Bellas Artes. Yo dije ‘Esto así no funciona, voy a hacer un proyecto’, además porque también había el inconveniente que no habían varones porque se creía en Cali que el ballet era solo para niñas, cuando la única verdad era que el ballet había sido fundamentado por hombres.

Decido, entonces, en medio de la huelga, desarrollar un proyecto que consistía en crear un colegio de primaria y bachillerato dedicado exclusivamente al ballet, muy parecido a la Escuela de Danza en Praga, donde estudié. Presento el proyecto y les digo y me dije a mí misma ‘Si no me lo aprueban al otro día me voy a vivir al exterior a quemar lo que me queda de estas piernas’, y vea que sí me lo aprobaron”, cuenta Castro.

Es la historia de un amor

“Con Mauricio nos conocimos a los tres años de fundado Incolballet. Me llegó una invitación desde Dinamarca para participar como grupo de ballet en el Festival Hans Christian Andersen. La condición era montar una obra del escritor y poeta danés y hacer una presentación escrita del país de donde uno venía. Sin saber qué hacer, solicito que me consigan a una persona fina para escribir, con buen estilo; y me traen a Mauricio (risas)”.

Cuenta Mauricio  que de Gloria tenía referencias como la creadora de Incolballet y que se tomó su tiempo para tomar la decisión de darse una oportunidad de vida a su lado. “Ella estaba divorciada, tenía un hijo muy pequeño de su primer matrimonio, eso me frenó por un tiempo. Además, yo odiaba el matrimonio y lo sigo odiando. El matrimonio a quien no lo mata lo desfigura”.

Gloria confiesa que ella desde el primer momento se enamoró. “Eso sí, cuando él se anima a estar conmigo yo le pongo una condición y le digo ‘El que quiere la perra, quiere la chanda'”, manifiesta con humor  Castro.

Y es que Mauricio llegó a un universo nuevo. “No entendía, ni conocía nada de ballet, todo lo que sé se lo debo a Gloria. Yo venía más del teatro, de la literatura. Sin embargo, ejerzo como coordinador académico en Incolballet por cinco años. Gloria no me quería dejar ir, pero le tocó cuando formalizamos nuestra relación porque empezaron las persecuciones políticas. Me voy de Incolballet porque nos iban a hacer la vida imposible y regreso a la Universidad del Valle como profesor de literatura dictando la cátedra de historia, teoría y crítica del teatro. Le digo ‘Tranquila que voy a seguir siendo tu marido aunque sin paga’ (risas)”.

En la intimidad de su hogar, comparte el gusto por la comida italiana… y por supuesto, Italia es el destino predilecto de la pareja. “En la comida, amamos la comida italiana; y es por una razón muy simple, Gloria vivió diez años en Italia y  en cierto sentido, ella es más italiana que una italiana. Gloria tiene realmente amor y pasión por Italia. Y yo, soy de ascendencia italiana por parte de mi padre, así que la gastronomía italiana la llevo en la sangre”.

Curiosamente, pese a ser descendiente italiano, Doménici nunca se había preocupada por afianzar ese lazo con su raíz. “Yo no conocía mi familia italiana y un día Gloria me dice ‘Usted se tiene que ir para Italia porque hasta que no vaya, no va a resolver sus problemas’, y era cierto. Ella me mantenía diciendo ‘Vea, usted tiene un italiano adentro y si usted no lo desata, aquí nos vamos a chiflar todos’ “, resalta Doménici.

En un viaje conocí a Italia y de paso a mí mismo. Luego de estar con mi familia en Liguria, me fui a estudiar a Perugia el idioma italiano para poderme comunicarme con mis tíos. En ese viaje pude descubrir mi raíz italiana y desde ese entonces nunca la he perdido. Fue casi un año donde afiancé mi conexión con el país de mi padre. Sentí a partir de allí que mi vida había dado un giro. Yo he tenido dos grandes momentos; el primero, cuando conocí a Gloria y el segundo, cuando viajo a mi segundo país. Gloria cambió mi forma de ver la vida. Ella me abrió la puerta a mis raíces. Yo en realidad conozco varios países por Gloria. Ella es mi visa Schengen (risas)”.

Con la fe del carbonero

“Han habido momento muy críticos, pero Gloria tiene la fe del carbonero. Ella tiene luz propia, va iluminando el camino”, cuenta su esposo.

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Y es que desde su llegada en Colombia para unas vacaciones, que se convirtieron en un larga estadía, Castro ha tenido que darse codazos con la clase política y social para hacerse un lugar. Sin embargo, la idea de tirar la toalla no ha cruzado por su cabeza.

“No, jamás. Ni siquiera cuando decido sacar a Incolballet de Bellas Artes que fue muy difícil porque me tocó demostrarle al gobernador con pruebas que estaban frenando mi trabajo en la institución. Me da el permiso y me voy para el Colegio Manuel María Mallarino. Luego a los cinco años lucho por trasladar a Incolballet al terreno ubicado en Valle del Lili, donde iba a quedar ubicada la Escuela de Artes Plásticas de Bellas Artes, porque nadie se quería ir para allá”, dice Castro.

“Creada la escuela, creada la compañía me invento el festival porque como le digo al gobernador en esa época ‘A estos muchachos hay que darles un camino porque si no esto es como cuando usted se mata abonando la tierra, sembrando las semillas, emana la matica y cuando sale la flor usted le pasa un tractor por encima’. Ya cumplimos diez años desde su creación”, afirma dichosa la maestra.

Su mayor satisfacción es  la aceptación de un público que no tenía la tradición del ballet. “Ver cómo la gente lo aprende a disfrutar y lo empieza a entender como un arte absolutamente dinámico, que está en permanente evolución; porque el ballet es como una esponja, siempre absorbiendo nuevas formas”.

“La gente tiende a pensar que las instituciones no son más importantes que las personas y yo creo que eso no es cierto. Yo estoy convencido que las instituciones dependen mucho de las personas que las lideran y que cuando hay una crisis de liderazgo, las instituciones se pueden venir abajo. Las instituciones no son entes abstractos que se sostiene por sí mismas. De alguna manera, las personas hacen las instituciones y si hay calidad humana salen adelante, sobre todo si existen liderazgos claros, generosos y positivos”, afirma el maestro Doménici.

Ahora, como pareja tienen el sueño de crear una nueva escuela. “Un instituto de educación superior de ballet y de teatro de carácter privado, pero no hemos podido porque lo que tenemos en la cabeza necesita plata y no la tenemos. Montar un modelo distinto al de Incolballet. Ya entendimos que hicimos allá que no se debe hacer. Gloria ha pensado mucho en que hay que montar primero una escuela de maestros. Colombia no tiene una escuela de formación de maestros”, dice su esposo.

“En Colombia falta la formación de maestros que sean realmente vocacionales. Para ser maestro se requiere más allá del conocimiento, entrega. Si no tienes pasión por la enseñanza jamás podrás crear un puente de comunicación con tu estudiante. Solo le enseñas pasos, pero no se desarrolla la sensibilidad, el talento”, manifiesta la maestra.

“Nos gustaría encontrar unos socios que se quisieran sumar al proyecto. Por ahora necesitamos montar dos salas de ballet y un salón de clases teóricas. Estamos convencidos de que sí es posible renacer de nuevo. Es ballet para nosotros es, en especial el Festival Internacional, el eslabón perdido que luego encontramos”, concluyen.

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