Una casa para los títeres y para la familia caleña.

By Posted in - Ciudad & Literatura & Teatro & Zona C - San Antonio on noviembre 12th, 2016
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Leonor Amelia Pérez y Gerardo Potes en una función de ‘El muchas patas’, en la Casa de los Títeres.

Por Daniela Sánchez Gutiérrez (*)

“Los títeres pueden transformar las generaciones futuras”, afirma Gerardo Potes cofundador del Festival Internacional de Títeres de Cali. Su labor junto con su esposa Leonor Amelia Pérez no solo ha sido regalar sonrisas a los niños de más bajos recursos, sino despertar la conciencia de los adultos.

Son dos caleños que, sin miedo a lo desconocido, se arriesgaron hace 34 años en la exploración del arte de los títeres y lo lograron: primero crearon su compañía Pequeño Teatro de Muñecos, no contentos con lo hecho, impulsaron la Feria Internacional de Títeres que en octubre de 2016 llegó a su edición 19. Y hoy, el amor y la constancia de esta pareja de titiriteros mantiene a flote lo que un día fue un sueño y hoy una realidad: la Casa de los Títeres.

Gerardo Potes creía desde pequeño que sí era posible crear arte con objetos reciclados. Sus pequeñas manos trigueñas armaban en épocas de Navidad el traje de viuda alegre para danzar en medio de los sonidos de las flautas y los tambores. Nunca conoció la vergüenza, ni tuvo miedo al ridículo. Sabía a su corta edad que solo quien teme a la felicidad está condenado a ser viejo para siempre.

Un niño que sin saberlo se estaba formando como uno de los grandes titiriteros de Colombia. Sus máscaras de papel y barro fueron las precursoras y primeras cómplices de lo que sería hoy el lugar que recoge durante el año artistas de todas las zonas del planeta: La Casa de los Títeres. Leonor Amelia ha sido en todos estos años junto a Gerardo, el escudo y la espada para demostrar que el arte de los títeres es un arte tan valioso y exigente como el cine, la música y la escultura.

Leonor nació en San Antonio, uno de los barrios más tradicionales y culturales de Cali. Allí su espíritu creativo empezó a danzar a ritmo de ballet y medias veladas. La crisis económica no le permitió desarrollar su gran talento para mantenerse de puntas. Sin embargo, nada fue coincidencia. Los teatros no la querían ver triunfar como bailarina, ella estaba destinada a convertirse en “la mujer titiritera de las mil voces” como añade su hijo mayor Sebastián. Un talento especial que fue pulido por las radionovelas de la tarde, donde su imaginación se elevaba a lo más alto para hacerla descender a los brazos de su madre, quien era su amiga fiel de tardes de lluvia cuando no se podía asistir al colegio.

Leonor aún se emociona cuando piensa en aquellas tardes frías caleñas que pasaba junto con su hermana escuchando ‘Apague la luz y escuche’, una radionovela de cuentos de miedo que en su infancia fueron el primer punto de partida de inspiración. Parece que de aquellos cuentos de terror de la querida nana Elena no quedaran sino los buenos recuerdos de la dulce infancia porque esta mujer que lucha por ser cada día más humana innovó junto a Gerardo el concepto clásico del arte de los títeres.

Transformó su gran pasión por la radio en uno de sus talentos más destacados: la representación a través de la voz de varios personajes en un mismo escenario y tiempo. Leonor descubrió en sus títeres el secreto para nunca dejar morir al niño que todos llevamos dentro.

Se siente nostalgia al escucharlos hablar de lo que fue Cali. Ellos tuvieron riquezas que ningún niño ha podido conocer. Esta pareja de artistas agradecen que las calles no estuvieran pavimentadas y que los padres vivieran más pendientes de sus hijos, porque a través de esas calles feas y sucias, conocieron al caer la lluvia, el aliado infaltable a la hora del juego: el barro.

El teatro llega a la vida de Gerardo en forma de capa roja, en medio de los amigos del barrio que se arriesgaban a jugar en el que era en años anteriores el matadero municipal. Su personaje de hombre arriesgado y domador de bestias fue poco a poco reemplazado por una bata blanca y un estetoscopio en una tarde de cita médica.

Aún sin avizorar su talento artístico, promete a su padre ser el futuro médico de la familia Potes. Cuál no sería su sorpresa en los años de juventud darse cuenta que la mejor forma de cumplir con la palabra empeñada es no darla jamás. Su padre, un hombre de carácter duro y estricto, condiciona la permanencia de Gerardo en la casa familiar si abandona el arte. “Tú decides. La casa y la medicina o la calle y el teatro”. Esa fue su última noche.

Para Leonor el teatro fue, por el contrario, un vínculo de unión con su familia y amigos. Fue la excusa perfecta, junto con sus padres y hermanos, para reunir a los niños del barrio a celebrar el encuentro de veladas, espacio donde se realizaban funciones de teatro, se armaba la escenografía y se cocían los vestuarios con la creatividad y la ayuda de todos, mientras comían dulces preparados por su madre en el patio de la casa. Los dulces de melcocha, jalea y manjarblanco les alegraban la tarde a todos en medio de la risa y la improvisación escénica.

El amor que cada uno sentía por el arte fue el camino que los terminaría uniendo para siempre; primero como amigos, luego como novios y ahora como esposos. El Instituto Popular de Cultura (I.P.C.) los vio crecer no solo como artistas que son, sino como gestores culturales. Un oficio que en nuestro país pone a prueba el valor, la constancia y la valentía.

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Leonor ingresó a la profesionalización teatral siendo aún estudiante de colegio gracias a los cinco pesos que pagó su hermano de inscripción para que ella presentara la prueba de admisión. Su estrecha relación con las artes la unía cada vez más con su familia, la apoyaban en cada paso que daba convencidos del talento y del talante de una mujer de 15 años capaz de tomar sus propias decisiones y de decir no a los males comunes de este oficio.

Las noches de Cali, escritas en las páginas de ‘¡Que viva la música!’ de Andrés Caicedo fueron el hogar de Gerardo por muchos años, las agua’e lulo se las bailó a ritmo de pachanga una a una cada viernes y sábado en Latino Night Club, que quedaba en el centro de la ciudad donde hoy se observa el nuevo edificio del Banco Occidente.

La salsa y los ritos alegres lo alejaron del teatro por varios años. Sin embargo, la vida nocturna no fue su elección de vida, sentía que aquellas amistades terminarían siendo su perdición, así que tomó la primera de muchas tantas decisiones que lo han caracterizado ante el gremio artístico como un hombre de carácter y de pasiones vehementes.

Esa decisión de alejarse de las emociones de la noche, lo llevaron de regreso al teatro como un niño que ha perdido el camino a casa, pero que en la marcha recuerda el trayecto que lo lleva de vuelta. Ese cambio de vida transformó su espíritu salsero y bailarín por un espíritu de protesta, contestatario y reflexivo. Su vida empieza a verse influenciada por la onda hippie de ‘The Beatles’, la ropa ancha tejida a mano con símbolos de paz y un sueño utópico bajo el brazo.

Ese sueño lo lleva a convertirse en uno de los estudiantes más destacados del I.P.C. y en el hombre que acompañaría por más de veinte años hombro a hombro a “la mujer de los vestidos bonitos”. Juntos han construido ladrillo a ladrillo el Pequeño Teatro de Muñecos que tiene su hogar en Casa de los Títeres, ubicada en la Carrera 9 # 4-55 del barrio San Antonio.

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Leonor y Gerardo el día de su matrimonio el 11 de enero de 1984, en la Notaría Sexta.

“Nosotros como pareja estábamos agremiados con otros grupos de títeres que había en Cali, creamos entre todos Astival, la sociación de Titiriteros del Valle con la ilusión de abrir un espacio dedicado exclusivamente a los títeres, donde pudiéramos hacer exposiciones y presentaciones durante todos el año. Iniciamos en total nueve grupos, pero seis meses después quedamos solo tres compañías que con los meses también dijeron adiós. Con Leonor nos prometimos sacar adelante el proyecto y empezamos a promocionar las funciones por varios medios de comunicación mientras en la fachada de la casa se decía: se vende”, cuenta Gerardo.

Los avisos en los periódicos y la radio empezaron a funcionar. Las ganancias no se hicieron esperar y con ellas la ilusión de ver consolidado un sitio dedicado a alegrar a los niños y las familias. Pese a todos los esfuerzos, las buenas noticias se disiparon cuando los dos grupos de titiriteros que los acompañaban decidieron restringir los derechos sobre el nombre Casa de los Títeres a cambio de asumir Gerardo y Leonor todas las deudas.

“Estábamos a punto de perder la casa cuando mi madre y un prestamista nos dieron el dinero para comprarla, pero como cosas de la vida el dueño nos aceptó los pagos que habíamos hecho de arrendamiento como parte del abono para adquirirla”, cuentan.

No olvidan en medio de la nostalgia, la figura del hombre al que le deben la existencia de la Casa de los Títeres. Don Francisco, quien era el dueño de la propiedad, fue el precursor anónimo de lo que hoy podemos disfrutar todos los caleños. “Lo más sorprendente fue que para que ese prestamista nos diera el crédito, la casa tenía que estar a nuestro nombre y don Francisco nos la traspasó sin exigirnos un solo documento”, dice Leonor mientras sonríe y lo bendice.

La Feria Internacional de Títeres inició con la feria nacional mucho antes de existir la actual Casa de los Títeres, cuando tenían como Astival, en una sede detrás de la Gobernación del Valle del Cauca gracias al convenio que habían logrado con la que era entonces la Corporación Financiera del Valle para realizar talleres para los hijos de los empleados. En la oficina, que quedaba en el segundo piso, recibieron por primera vez al maestro Julio Cordero quien les brindó la asesoría para escribir una de sus obras más destacadas ‘El Recicla Sueños’.

La obra nació en el año 97 y con ella la I Muestra Nacional de Títeres en la carpa del Batallón Pichincha que fue ubicada en las instalaciones del Coliseo del Pueblo. En el segundo año consecutivo, Cosmocentro con el apoyo de Coca-Cola patrocinan no solo la muestra de títeres sino también de juegos de mesa, de lógica, entre otros.

“Cuando todo empieza a funcionar de maravilla, atravesamos sorpresivamente por una situación que por poco nos hace desistir de todo esto, ya que la Corporación Financiera del Valle es adquirida por otra sociedad y nos sacan de allí. Sin embargo, la fe por este proyecto era mucho más grande y terminamos aquí donde funciona la Casa de los Títeres”, apunta Gerardo.

Un año después seguros de poder impactar al público caleño y de salir de la crisis económica por la que atravesaban realizan la I Muestra Internacional de Títeres con la participación de Cuba y Chile. La Feria Internacional nace exactamente en la tercera versión de la muestra cuando son reconocidos por el Ministerio de Cultura como gestores culturales de la ciudad. En total son 19 Ferias Internacionales de Títeres que han dejado risas y aplausos, como también una colección invaluable de muñecos de todas las zonas del planeta.

Mauricio Doménici amigo y ex director teatral de la pareja, resalta la admirable labor que han realizado Gerardo y Leonor para consolidar año tras año el festival internacional, teniendo en cuenta que el medio cultura es muy hostil. “Son el complemento perfecto”.

Con una casa propia que ya no tiene el letrero de se vende en la fachada y con un festival en crecimiento, empiezan a surgir las oportunidades de viajar al exterior para realizar funciones. El primer país que visitan como Pequeño Teatro de Títeres fue España y Turquía en el 2004. Luego se embarcan en un viaje que los traería de regreso por Guatemala, Argentina, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil, Egipto e Italia.

Son en total 11 obras que integran el repertorio, entre ellas: Pepe Zarigüeya, El Muchas Patas y Las Orejas del Pícaro Tío Conejo. Un verdadero reto para dos personas que no tenían experiencia en la construcción de textos. El conocimiento teatral de la metodología de la creación colectiva fue su mayor herramienta a la hora de generar contenido escénico.

“Nos ayudó mucho la metodología de la creación colectiva que consistía en que un director guiaba la improvisación y lo que gustaba se escribía hasta que se obtenía un documento paralelo a la obra que se tenía en escena. Lo que se usaba en el teatro lo trajimos a los títeres”, cuentan.

El ejemplo más significativo de este método se ve reflejado en la obra ‘Las Orejas del Pícaro Tío Conejo’ que fue perfeccionada con cada una de las puestas en escena. Tiene 34 años desde su primera improvisación y una riqueza literaria increíble. No obstante, “nos permitimos jugar con el guion porque creemos en la chispa creativa que se da en las tablas frente al público”, recalca Leonor.

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La Casa de los Títeres está ubicada en la Carrera 9 # 4-55 del barrio San Antonio, en Cali.

Para esta pareja de esposos el títere está muy por encima de lo que en unos inicios les dio el teatro.
El muñeco que toma vida en escena les ha dado todo y ellos a él. Reconocen que frente al público el títere es el protagonista y no el actor.

Los motiva a seguir la sonrisa de los niños. Les duele la sordera y la miopía estatal para apoyar cada año el presupuesto de la Feria. Creen en el legado del maestro Estanislao Zuleta de elogiar la dificultad. Les enfurece saber que algunos adultos consideren a los títeres un arte menor por ser dedicado principalmente a los niños.

Les devuelve la fe el llanto de los adultos recordando la infancia en el títere. Defienden por encima de todo la institución de la familia y sueñan con realizar una Feria de Títeres donde todos los caleños asistan sin importar el color de piel, edad, sexo o estrato social. Donde se pueda preguntar en todo Cali ¿usted ha visto títeres? y no se sorprendan.

(*) Estudiante de derecho en la Universidad Libre. Invitada como investigadora y autora de textos al proyecto periodístico Arte y Parte.

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