Unidos por el teatro y la música: Diego & Beatriz.

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Por Daniela Sánchez Gutiérrez (*)

El Encuentro de Jazz Fusión y Experimental, conocido como Festival de Ajazzgo de Cali,  llegó el pasado mes de septiembre a su versión XVI. Un espacio de tributo musical que mantienen de manera titánica sus creadores: Beatriz Monsalve y Diego Pombo, los mismos del Teatro Salamandra del Barco Ebrio. Dos gestores culturales que desean con ansias dedicar su tiempo, de nuevo, al quehacer artístico.

Beatriz Monsalve es una caleña por adopción. Habla de Antioquia, su tierra natal, como si fuera un recuerdo que se disipa en la distancia. Lleva tanto tiempo viviendo en Cali y dedicando sus mejores años a la cultura de la ciudad que sus memorias saben al dulce de la caña de azúcar.

Llegó al Valle del Cauca a los cinco años acompañada de sus tíos huyendo del clima  primaveral de Medellín que la tenía cada vez más enferma. El calor de los cañaduzales fue la cura definitiva a sus problemas de salud.

La realidad en ese entonces para Diego Pombo era muy distinta. Llegó de Manizales siendo un niño de tres años junto con sus padres y cuatro hermanos a uno de los sectores más salseros de Cali: el Parque Alameda. Se instalan en un apartamento de dos habitaciones, seguros de poder lidiar con la claustrofobia familiar y de dejar atrás, en un futuro, la mala racha económica.

Entró a estudiar al Colegio Santa Librada pero no logró mantenerse a flote en los estudios de bachiller. Su mala disciplina le costó una expulsión. Pensaba de regreso a casa en cómo daría la noticia a su padre, sin saber que nunca estaría obligado a decirla.

–   “Mi madre que era una alcahueta por excelencia me dijo que hiciéramos la mímica. Me levantaba temprano, me bañaba y desayunaba, mientras ella me empacaba la lonchera. Era la manera de ocultarle a mi padre que ya no iba a seguir estudiando”.

Desde niños Beatriz y Diego han sido muy distintos. En las noches ella prefería leer y compartir con su familia. Él, por el contrario, gozaba de la música y de sus danzas alegres. Son dos seres completamente distintos con un detalle en común en sus vidas: el amor al arte.

En la actualidad esta pareja de esposos, no solo comparten la casa donde viven. Ahora, sostienen juntos, hombro a hombro, dos de los proyectos culturales más significativos del disfrute caleño. El Teatro Salamandra del Barco Ebrio y el Festival Ajazzgo al que consideran el hijo nacido que nunca creció, requieren cada año los cuidados y el tiempo de un bebé que acaba de nacer, 24/7.

Se conocieron en El Saladito, un corregimiento del área rural de Cali. “Con mi amigo Jaime nos íbamos donde Margarita para que ella me quemara en su horno las cerámicas que yo llevaba. En una de esas visitas me encuentro con Diego. Más que atraerme él, me atraen sus pinturas, era un vanidoso mostrando lo que hacía”, recuerda Beatriz.

Entre pinturas y cerámicas se enamoran y se casan en un ritual gitano. Se cortan las venas y las juntan convencidos de unir para siempre sus destinos; parece que la vida sí los escuchó. Para Beatriz no era agradable ser novia de vestido blanco, siente que tantas promesas terminan por convertirse en la nada. Prefiere esos amores que se construyen con el tiempo.

El amor se manifestó a través del gusto que ambos sentían por el arte. En los años de adolescencia Beatriz había participado en los grupos de teatro del colegio, pero jamás soñó con dedicarse al oficio de las tablas. Le aterraba llevar una vida hippie siendo madre de dos hijos y gracias a la fotografía terminó siendo actriz y directora teatral.

–    “Mi relación con el teatro se da a través de la fotografía. Cuando yo comienzo mi relación con Diego, él tenía un cuarto oscuro y me enseña a revelar fotos. Era fascinante para mí, me gustaba experimentar con texturas”.

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Al poco tiempo es invitada al I Festival Iberoamericano de Teatro para hacer, precisamente, fotografía teatral. “Yo me convierto en fotógrafa de teatro y empiezo a realizar exposiciones. Luego, ingreso al Teatro Experimental de Cali (TEC)”.

‘El capi’, como ella recuerda a uno de sus más grandes amigos, le informa que en el T.E.C. están buscando una fotógrafa. Enrique Buenaventura descubrió que ella no solo sabía retratar escenas de teatro, sino también elaborar piezas de cerámica. Su nueva labor, a petición del maestro Buenaventura, fue hacer las máscaras de los actores.

Para Pombo el interés por el teatro surge a través de la publicidad.  Lejos de las aulas de clase empieza a trabajar con el famoso poeta de la publicidad Hernán Nicholls, quien para ese entonces contaba con la vena artística del cineasta Carlos Mayolo, el escritor y periodista William Ospina, el fotógrafo Fernell Franco y el escritor y crítico de cine, fundador del Cine Club de Cali, Andrés Caicedo, quien se desempeñaba como copy en Nicholls Publicidad.

Su jefe, el publicista palmirano y padre del marketing político, Carlos Duque, fue quien lo introdujo en el universo creativo, le dio a Diego el voto de confianza aunque este tan solo acabara de cumplir 15 años. “Yo me sentía como la mascotica de Nicholls Publicidad. Era una agencia donde se respiraban unas libertades creativas buenísimas, viendo trabajar a todos estos maestros me enamoré del arte”.

Su novata fascinación por la publicidad se fue esfumando rápidamente cuando empieza a cuestionar lo que hacía porque era mentirle a la gente para venderle algo, crear la necesidad.

“Eso me pesaba en la conciencia. Entonces decido que si voy a optar por el arte es para hacer denuncia, es para hacer un arte comprometido socialmente”, cuenta Pombo mientras señala sus pinturas que están colgadas en la pared del salón blanco de exposiciones del Teatro Salamandra.

En el 91 los muros de la galería de arte La Gaceta son testigos de la primera exposición del maestro Diego Pombo como pintor. “Estaba dudoso entre la música y la pintura, pero me decidí por la primera porque prefería estar solo con mi lienzo”, dice.

Sin embargo, Pombo reconoce que la música no ha sido ajena a su pintura. Se enamoró del jazz siendo un jovencito cuando el percusionista de la banda donde él incursionaba, Larry Joseph, lo invitó a escuchar la colección de jazz que le había regalado su padre.

-“Con él escuchábamos a Paco de Lucía, que luego lo conocería personalmente porque ha sido artista invitado del festival Ajazzgo. Larry me introdujo en el maravilloso mundo de la música latina”, recuerda Pombo.

Para Beatriz la música llega al igual que la fotografía: de la mano de Diego. Las tablas por el contrario, llegan a su vida acompañada del maestro Enrique Buenaventura un martes por la tarde cuando una de las actrices que tenía que presentarse al Festival Nacional de Teatro se retiró del grupo faltando tres días para  presentarse la obra en Medellín.

Relata que aquella noche soñó que estaba interpretando aquel personaje, al día siguiente como si fuera un chisme le contó a Buenaventura sin imaginar el nuevo rumbo que tomaría su vida. Él le dijo “hazlo” y aquí está después de 34 años de pie sobre las tablas del teatro que la vio renacer como artista.

– “Sentía pánico por estar en un escenario, pero él me preguntó que si estaba lista y no fui capaz de contradecirlo así que empecé a ensayar el libreto, desde allí nunca más me pude bajar del escenario”, comenta Monsalve orgullosa de aquella decisión.

Años después de compartir aprendizajes con el grupo del Teatro Experimental de Cali, decide liberarse del abrigo paternal de Enrique para embarcarse junto con otros compañeros del TEC como capitana del grupo de teatro Barco Ebrio. Así que seguros de poder levantar el ancla se aventuraron a navegar por un mar desconocido que los haría atravesar por la primera de muchas tormentas. El primer gran reto de la tripulación era encontrar un barco propio.

–   “Cuando me retiro junto con otros compañeros del TEC y Diego empieza a ver que le pagamos arriendo a Cali Teatro para ensayar y que se nos dificultaba muchísimo, él decide construirle un segundo piso a donde era su estudio para que nosotros pudiéramos ensayar allí”, dice Beatriz mientras señala lo que hoy es su oficina.

Con un Barco Ebrio pero propio comienza el proyecto de lo que es hoy el Teatro Salamandra en el patio de la casa que Diego compró a sus tíos por cinco millones de pesos. En la proa del barco se instalaron algunos asientos para que el grupo de teatro Puente de Cuba y el director Jorge Ferrera pudieran presentar su primera obra en Cali. “Fue nuestro primer proyecto juntos como esposos y como cómplices. Nuestro interés lo centramos en indagar la relación que hay entre las artes plásticas y las artes escénicas”.

Para los maestros Pombo y Monsalve no ha sido una tarea sencilla llevar a puerto cada año a este barco. Han sido muchos los sacrificios que han tenido que hacer para no dejar derrumbar lo que han construido con las manos. Para Beatriz ha significado privarse de su creatividad artística por dedicarse a la gestión cultural que se parece más a la labor que realiza un gerente ejecutivo en una empresa que la que realiza un hombre de manos virtuosas en un salón de esculturas.

Esta mujer de mujer de figura delgada y delicada siente que su fuerza interior fue la herencia inmaterial que le dejó su padre. Su recuerdo para ella sigue intacto en una de las obras más importantes que tiene el Teatro Salamandra del Barco Ebrio: ‘Orgía’. Cuenta la anécdota de su padre como si deseara que él estuviera devuelta.

–   “Recuerdo que cuando él cocinaba nos servía a todos en la mesa, pero después de comer mis hermanos siempre quedaban con ganas de más. Mi padre sabía que ellos iban a robar la comida de la olla, así que tiraba un lazo en una viga de la cocina, amarraba la olla y la subía (risas). Ese suceso yo lo utilicé y es una de las escenas de la obra ‘Orgía’ de Enrique Buenaventura. Mi padre me enseñó a ser arriesgada. De por sí dedicar tu vida al arte es un riesgo, es como decía Enrique ‘Lanzarse al vacío y construir la sala en la caída'”.

No contentos con el triunfo que denota tener una sala de teatro propia en una ciudad como la describía Andres Caicedo “la ciudad que le cierra la puerta a sus artistas”, se arriesgan a consolidar uno de los festivales de jazz más reconocidos por el público no solo caleño sino nacional.

Ajazzgo tiene su origen en el corregimiento El Saladito cuando a Colombia llega el guitarrista norteamericano Banny Wedgle, atrapado por el amor de una colombiana. Apasionado por la música como era Wedgle encuentra en el estudio de pintura de Pombo complicidad melómana.

“A él le encantaba ir a mi estudio mientras él tocaba la guitarra y yo pintaba. Le gustaba el ruido del pincel porque se confundía con el ritmo músicos, era una maravilla”, dice el maestro Pombo mientras dibuja en el aire.

Esos espacios de pasión musical se materializaron y nació Ajazzgo que significa “A jazz go, vamos a jazz”, dice Beatriz. El primer concierto grande fue interpretado por su cofundador y hoy ausente guitarrista Banny Wedgle y el virtuoso jazzista colombiano Antonio Arnedo. El festival llegó el pasado mes de septiembre a su versión XVI.

Ahora, el sueño de esta pareja de esposos es dedicar menos tiempo a la gestión cultural y dedicarse más a ser artistas. Beatriz quiere cambiar las tablas de su oficina, aquellas que sostienen su escritorio y sus libros, por las tablas del escenario “quiero dedicarme al fin a lo que he sido toda mi vida: teatrera”. Diego, no muy lejano  del anhelo de su esposa, desea destinar más espacio a su pintura porque “como gestor cultural…”, dice él “…prefiero ser artista”.

(*) Daniela Sánchez es estudiante de derecho en la Universidad Libre. Invitada como investigadora y autora de textos al proyecto periodístico Arte y Parte.

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